2013-08-05

 

La gorda bella


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Rosa Salas, más conocida como Rosita o la gorda bella, es una mujer poderosa. Poderosa en su físico, poderosa en su mirada y poderosa como lideresa. Su lucha por la tierra comenzó siendo una niña, a la edad de 15 años. “Defiendo la tierra porque es una fuente de trabajo para toda la comunidad”, asegura rotunda.


Nacida en el municipio de El Retén, en el departamento de Magdalena, la vida de Rosita no ha sido fácil. “¿Mi infancia? Yo no tuve infancia. Somos 10 hermanos; siete mujeres y tres hombres. Vivía en un lugar demasiado pobre. No tuve infancia porque nos tocó trabajar de muy pequeños. En el municipio en Magdalena, con la ausencia de la compañía United Fruit, los hombres se quedaron sin trabajo y les tocó emigrar a otras partes. Mi papá se fue a Venezuela y  después para Turbo. Desde muy pequeña trabajé mucho. Salí a trabajar a Maicao después, cuando tuve 9 años, a Venezuela. Y así fue mi vida, esa fue mi infancia. Me tocaba trabajar para ayudar al sostén de la casa para que mis hermanos estudiaran”, recuerda echando la vista atrás a sus 57 años.


Rosa Salas comienza una vida dedicada a la lucha por la tierra de la mano de decenas de mujeres, entre ellas su madre. La salida de la tristemente célebre empresa estadounidense United Fruit Company de Magdalena, a finales de la década de los 60, marca el comienzo de una lucha que, décadas después, se mantiene. “Cuando yo tenía 15 años, un grupo de 76 mujeres de El Retén se dispusieron a quitarle la tierra al terrateniente, las tierras que habían quedado de la compañía United Fruit. Ahí comencé yo a pelear con mi mamá la tierra. Estuve presa  37 veces. Cuando la policía y el Ejército llegaban en los camiones, nosotras mismas nos montábamos y nos llevaban para los calabozos de Aracataca, Ciénaga, Fundación… Ahí inició mi vida”.


En una pelea desesperada contra la miseria, Rosa y su madre se convirtieron en aliadas de este grupo de mujeres de El Retén que finalmente ganaron los terrenos. “Así se sostuvieron ellas hasta el sol de hoy que todavía tienen el pedacito de tierra”, recuerda Rosa sobre su bautismo en la lucha por el territorio.


El tiempo pasa. Rosa se casa y se convierte en madre de cuatro niñas. “Eso me dio fuerza porque no quería que ellas vivieran lo que yo había vivido. Quería que ellas estudiaran, que tuvieran un sitio, que no pasaran por lo que yo había pasado y por eso luché mucho”.


En 1991 y tras mucho pelear, consigue un pedazo de tierra en el municipio de Chivolo, donde fue acogida con los brazos abiertos por la comunidad. A Rosita se le dibuja una sonrisa al recordar esa época en la que llegó a ser promotora de salud. Una sonrisa que se le borra de la cara según avanza en su relato. “Hicimos una vereda muy hermosa, donde todos éramos una familia muy unida, trabajábamos en comunidad, hasta que llegó la violencia. Cuando la violencia llegó ya se acabó todo porque nos despojaron de las tierras. A mí me despojó el Estado de mis tierras y hasta este momento todavía no me la han devuelto. Fui víctima de los paramilitares y de la guerrilla. La vida no ha sido tan fácil para mí, pero un día me puse a pensar que muchos compañeros tuvieron que salir, muchos están muertos, otros con sus hijos en la cárcel, hogares destruidos… Gracias a Dios yo me paré, sostuve a mis hijas, mi hogar, estamos completicos y eso me ha impulsado a seguir adelante”.


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Un camino, siempre hacia adelante, en el que esta mujer también ha alzado la voz contra la violencia sexual cometida por todos los actores armados en Colombia. Un crimen del que también ha sido víctima en repetidas ocasiones. “Hay una deuda con las mujeres y es que reconozcan, que eso no quede en la impunidad. Ellos nunca han querido reconocer los delitos sexuales que cometieron con las mujeres en Colombia. Todos los grupos; llámese guerrilla, paramilitares, Ejército, policía. Eso nunca lo van a reconocer, nunca. Solamente reconocen que maté a fulano, que secuestré y que fulana quedó viuda, pero nunca van a decir: sí, fue verdad que nosotros violamos, sí fue verdad que nosotros estuvimos en tal parte y violamos a tantas mujeres… Porque fueron muchas a las que ellos violaron; guerrilla, paramilitares, Ejército y policía. ¿Cómo va a reparar el Estado esa deuda con las mujeres? No sé, no sé cómo lo va a hacer, pero sí admiro a aquellas mujeres que se paran y pelean el derecho al reconocimiento hacia nosotras las mujeres”. 


Hoy Rosita se siente orgullosa de ser mujer pero no siempre fue así. “Yo desde la edad de 9 años he venido siendo abusada sexualmente. Entonces yo decía; el hecho de yo ser mujer les da a ellos la autoridad de coger a una en cualquier parte y hacer lo que les dé la gana. Por eso decía; mejor no soy mujer. Quiero ser hombre porque así me voy a parar en la raya aunque yo,  como mujer, me he sabido parar porque he peleado y he defendido. No tuve la fuerza para defenderme de ellos porque son grupos armados, pero son cobardes porque no cogen a ninguna mujer 'limpio a limpio' sino que le ponen un arma. Ahora me siento orgullosa de ser mujer porque de mí nacieron mis 4 hijas, hermosas, todas mujeres, y la mayoría de mis nietos también son mujeres. Yo he crecido mucho con todo lo que la vida se ha ensañado conmigo. He crecido porque me he dado cuenta de que yo puedo ayudar a otras mujeres, que me puedo parar en cualquier parte y puedo defender los derechos de las mujeres, delante de quién sea. Nosotras como mujeres somos muy importantes, somos muy valientes. Somos más valientes que los hombres porque ellos, si no es con arma, no se paran”.


Vive amenazada, pero no desiste en su lucha. Sí reconoce cierto cansancio al ser constantemente solicitada para solucionar los problemas de la comunidad. “A veces siento impotencia porque se me escapan muchas cosas para poder solucionar los problemas de los demás. Sin embargo me siento satisfecha porque ellos me buscan porque tienen la confianza. Por eso, aunque esté cansada o enferma, al ver su necesidad eso me impulsa a levantarme de la cama y salir con ellos. En mi pueblo se arma una pelotera y todo el mundo me sale a buscar para decirme que ahí están peleando. Ellos nada más con decir: ¡allá viene la gorda bella! ya se calman. Creo que le estoy siendo útil a toda la sociedad que realmente quiere que haya paz en Colombia. A mí me gustaría que el Estado no me tuviera en cuenta por ser superviviente de la guerra, por lo que me pasó;  los secuestros, los maltratos, las violaciones… ¡No! Lo que quiero es que me ayuden a buscarle solución a la gente. Eso es lo que yo pido. Y  que me devuelvan mis tierras, que yo no me quiero morir habiendo luchado tanto; quince años para que me dieran un pedazo de tierra, quince años desde que me la quitaron… ¿Hasta cuándo voy a estar esperando?”.


 

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