2013-09-05

 

La construcción de la paz no es patrimonio de la política


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Desde diferentes disciplinas, las colombianas llevan años trabajando para lograr otra Colombia. Este mes dedicamos esta sección a la labor de un colectivo de mujeres para el que el arte es la ruta a seguir para lograr la paz.


Esta es la apuesta de la mesa Grafiti Mujer, un grupo compuesto por varios colectivos de mujeres de distintas localidades y barrios de Bogotá. Mujeres que trabajan diferentes técnicas artísticas y que provienen de diversos niveles de formación académica y campos de profesionalización. Algunas son autodidactas en el arte de llenar las paredes de mensajes coloristas, otras son ilustradoras o profesoras. Todas ellas son grafiteras y muralistas convencidas del potencial del arte urbano para hacer llegar mensajes a la población.


El proceso de Grafiti Mujer surge en 2007 como una iniciativa de la política pública de Mujer y Género que destinaba recursos para el sector cultural libre de sexismo.  A pesar de que el apoyo institucional acabó poco después, este colectivo decidió seguir adelante buscando recursos en alcaldías y organizaciones como la Corporación Colombiana de Teatro. 


Elsy Karina Rodríguez Vergara forma parte de Cartografía Sur, corporación vinculada a la mesa desde 2008. Recorrer las calles de La Candelaria junto a esta colombiana es descubrir lo que hay detrás de los grafitis. De un solo vistazo reconoce la autoría de cada uno de ellos y las luchas que esconde cada muro pintado. “El grafiti es bastante patriarcal. En este gremio los hombres han sido muy fuertes y a la mujer, como en todos los espacios, le toca demostrar dos veces más su capacidad estética para tener un reconocimiento. Todavía estamos en una cultura muy territorial. A las mujeres siempre las tapan, pero si te tapan el grafiti hay que volver a tapar. Prácticamente es una pelea callejera por el muro. Así funcionan esas dinámicas que se han dado desde el hip hop. Como colectivo hemos hecho respetar nuestros muros porque hay unos muros insignia de los hombres que nadie toca, ni los grafiteros, ni los perros orinan ahí. A nosotras ya nos empezaron a tapar el muro de la Concordia. Pasamos prácticamente todas las semanas para hacer un seguimiento a ver qué tal está y también sabemos cuál es el colectivo grafitero que lo tapa porque deja su tag (firma). Eso ha sido como una pelea ¿Nos toman el muro? Pues sencillamente volvemos a hacer la acción hasta que entiendan que es un espacio para visibilizar la voz de las mujeres”, explica.


Pero la pelea no solo está en la calle. Desde las instituciones también se invisibiliza a este colectivo de mujeres artistas como sucedió durante la organización de la Mesa Distrital de Grafiti, impulsada por IDARTES, el Instituto Distrital de las Artes. “Armaron la mesa distrital de grafiti por primera vez y ha sido una locura para que nos llegue el día y la hora de la reunión. Es un acto público y abierto pero no convocan a las mujeres. Nos enteramos siempre, no sé cómo pero siempre nos enteramos y llegamos. Es jarto porque en vez de estar tú construyendo estás peleando con el otro porque no te da espacio de participación cuando deberíamos estar todos participando para los espacios de hip hop y para los espacios de grafiti”, se lamenta Elsy.


Grafiti Mujer trabaja desde diferentes frentes y espacios: organizan pintadas colectivas a partir de los materiales disponibles, acompañan a los movimientos sociales que cada vez reclaman más el arte como forma de expresión política, hacen de la calle un lugar en el que convocar a la comunidad para que se exprese a través de la imagen. Cuando no hay muro que pintar, estas artistas recurren a una acción que han bautizado como “Grafiti Mujer Nómada” en el que  estampan sus dibujos en unas estructuras metálicas. Esta última modalidad de acción, más ágil y rápida, se inició en el marco de la iniciativa Mujeres por la Paz; una plataforma de organizaciones de mujeres fuertemente implicadas en la construcción de la paz en Colombia.


Desterrar la estética de lo atroz


Más allá del accionar artístico, la mesa Grafiti Mujer es un espacio de discusión política. Los grafitis, por lo efímeros que son, están fuertemente ligados a la actualidad del país y al sentir de su sociedad. El conflicto armado que sufre el país desde hace más de medio siglo ha ocupado muchos muros de Bogotá. “El grafiti es una representación de nuestra cultura, de nuestra realidad, de nuestra cotidianidad y obviamente siempre va a estar refiriéndose la imagen en una expresión de dolor y de violencia. Eso lo veníamos haciendo al principio. En las representaciones siempre estábamos hablando del conflicto dando imágenes muy fuertes para cuestionar fuertemente a la gente”, recuerda Elsy Karina.


Imágenes de muerte y dolor que este colectivo denomina “la estética de lo atroz” y que, tras una interesante discusión interna, han concluido que ya no sirve para remover conciencias. “Nos dimos cuenta de que esa estética es como un trauma colectivo. La violencia en Colombia ha sido una herida tan grande y tan profunda que la gente ve una imagen de violencia, escucha un discurso de violencia y automáticamente, como es un trauma colectivo, no puede más. Desde el Estado y los medios masivos de comunicación pero también desde los movimientos de resistencia, sin querer, estamos reproduciendo la misma estética de lo atroz y los cuestionamientos no están llegando, los acercamientos a la comunidad no están llegando”.


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Tras llegar a esta conclusión, Grafiti Mujer ha apostado por generar un movimiento intencional para cambiar esa estética alimentando la esperanza y no la desesperanza. En su denuncia de la violencia de género han desterrado las imágenes de mujeres con el ojo amoratado o la boca sellada y ahora las representan desde una corporeidad dignificante, luchadora y reivindicativa; en su denuncia del conflicto armado, los fusiles han dejado de disparar balas, ahora lanzan flores y el símbolo hippie de la paz empieza a colarse en sus obras. 


El comienzo de los diálogos de paz de La Habana ha dado aún más fuerza a este nuevo planteamiento estético y ha abierto intensos debates en el seno de la mesa Grafiti Mujer. “Nosotras tuvimos una discusión muy fuerte. Todas las acciones que se dan desde Grafiti y por los cuales estamos trabajando son hacia los procesos de paz. Ya acá estamos en una generación cansada de la violencia, cansada de las limitaciones del territorio, de las distintas violencias pero le apostamos al proceso de paz. Consideramos que, independientemente de todas las falencias que puede tener, es una ruta que hay que aprovechar, que hay que trabajarle y es una ruta que nos ha servido para articularnos mucho”, destaca Elsy.


Esta artista colombiana está convencida de que en Colombia el arte es una vía privilegiada para dar un nuevo rumbo al país. “El arte no es que pueda ayudar a la paz, es la única ruta porque es el único espacio capaz de llegarle a la mayoría. Para llegar a la paz hay unas rutas. La ruta política tiene especificaciones particulares que son los partidos políticos, pero estamos en una generación que ya no cree en los partidos, ni en la guerrilla, ni en la vía armada, ni en el Estado. Estamos en la desesperanza total. Este es el segundo proceso institucional de paz, cada vez hay más partidos en Colombia, hay una división total y lo único que le está llegando a la gente es la cultura y el arte. Nosotras hicimos un documental “Mujeres y arte: un tejido desde la memoria” en el que se hablaba de cómo el tambor está salvando a los pelados y a las chicas de entrarse a un frente, cómo los espacios de la cultura y la resistencia desde el arte son los que realmente está salvando a estas generaciones de irse a caer en problemas de drogadicción o de irse a la guerrilla, a los paramilitares o al Ejército. Desde las leyes podemos dar unas herramientas a las mujeres, a los jóvenes y a toda la sociedad, pero con el lenguaje del arte puedes hacer que ellos entiendan mucho más rápido una ley antes que pasarles el texto que no se lo van a leer. Si haces el mural de la ley y te pones a palabrearlo, la gente lo va a tener presente. Yo siento que el arte es muy valioso como proyecto político y como ruta para un país como Colombia que tiene a una sociedad traumada, violentada, una sociedad del miedo, muy cansada, muy manoseada de afuera, de adentro, de derecha y de izquierda, de todos los lados. El arte entra sanando pero también empieza a ser una voz política muy crítica. Yo sí creo que es la única ruta”.


 

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