2013-06-04

 

Yolanda Becerra: una valiente apuesta por la vida

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“Las mujeres en Barrancabermeja – Magdalena Medio andábamos en manada. A nosotras nos llamaban y nos decían: van a asesinar a una persona en tal lado, llegábamos allí 100 mujeres y tenían que soltarlo. Salvamos a mucha gente. Era la manera de manejar el miedo y de protegernos sin ser cómplices de la muerte”, recuerda Yolanda Becerra Vega, integrante de la Organización Femenina Popular (OFP).


La ciudad de Barrancabermeja y toda Colombia tienen una enorme deuda con esta organización, pionera en la lucha de las mujeres por la paz. Creada en 1972 como una propuesta de la Pastoral Social de la Diócesis de esta ciudad del departamento de Santander, pasa de ser un club de amas de casa a conformarse como organización en 1979. Tras un complejo y doloroso proceso de autonomía de la Iglesia Católica, la OFP se convierte en una organización autónoma en 1988, fecha en la que Yolanda es nombrada Coordinadora de la Organización Femenina Popular.

 
La vida de Yolanda está estrechamente ligada a este proceso. Su trayectoría comenzó como secretaria de la parroquia del sector nororiental de la ciudad y, dos años después, entró a trabajar en la Pastoral Social de la Diócesis de Barrancabermeja lo que, en la época, implicaba ser integrante de la OFP. Yolanda confiesa  que entonces no entendía por qué las mujeres tenían que organizarse aparte cuando ya existían movimientos sociales muy fuertes. “Me parecía un desgaste e hice mucha pataleta. Más tarde entendí por qué era importante tener una organización de mujeres”, asegura.



23 de diciembre de 2000


Esta fecha marcó el destino de Yolanda y del resto de los habitantes de Barrancabermeja. En la víspera del día de Navidad, los paramilitares entran a sangre y fuego en la ciudad. El horror se apodera de las calles, donde los paramilitares se convierten en dueños y señores de los destinos de la población civil. “Era como ver esas películas de guerra. Hombres totalmente armados por todas las calles. Todo el mundo encerrado. Muertos en las canchas. Era tanto el horror de la guerra que los paramilitares se tomaron muchas casas y secuestraron a los que allí vivían. Se ponían la ropa de la gente, los niños ya no podían ir al colegio, las mujeres les tenían que cocinar… Se hicieron muchas denuncias de que la policía llevaba la comida a los paramilitares a estas casas en las tanquetas y muchos de los que hicieron estas denuncias fueron asesinados”, recuerda Yolanda.


Los asesinatos se suceden. Los paramilitares crean manuales de convivencia en los que se determina la hora en la que la población debe acostarse y los colores con los que se deben vestir. A los jóvenes con arete se les cortaban las orejas, si llevaban el pelo largo eran torturados, si las mujeres con las que querían mantener relaciones no aceptaban eran amenazadas o asesinadas, a las embarazadas que mataban les sacaban los fetos, a las mujeres acusadas de infieles las colocaban en los parques con un letrero en el pecho que decía “soy prostituta” como castigo.

 
La OFP decide adoptar una postura de resistencia con un énfasis en los derechos civiles y políticos. “Asumimos ese reto, porque en el momento más difícil los hombres se escondieron, se desplazaron, se murieron, se exiliaron.  La mayoría de las organizaciones referentes en la defensa de los derechos humanos quedaron minimizadas, golpeadas o silenciadas. Les bajaron el perfil.  Era recoger muertos todos los días, en las calles, en los ríos, en las cañadas… Pero nadie podía sacarlos porque si los sacaban se morían… Las únicas que sacábamos a los muertos del río éramos nosotras, las mujeres  de la OFP.  Era la hora de unir esfuerzos y fue así como la OFP asumió el reto de ser vocera de los vivos(as) y los muertos(as), en una postura clara por la vida y en contra de la guerra, como siempre la habíamos tenido, pero hoy la realidad exigía poner la cara. No fuimos menores a las exigencias del momento político”, relata Yolanda conmocionada por un recuerdo que ha quedado grabado para siempre en su memoria.

 
La Organización Femenina Popular lanza un grito de desesperación buscando la solidaridad regional, nacional e internacional. Las denuncias se suceden y las Casas de la Mujer se convierten en el único “refugio” de la sociedad civil. “La gente amenazada llegaba corriendo a nuestras Casas de la Mujer a protegerse. Eran de los pocos sitios en los que, de alguna manera, la gente estaba segura de que estando ahí no se moría. Todo esto era posible por el acompañamiento de las organizaciones sociales, de la Iglesia católica (Diócesis de Barrancabermeja), de la comunidad internacional (las agencias de cooperación y el cuerpo diplomático), del movimiento de mujeres y de derechos humanos, a nivel nacional e internacional”, explica Yolanda.


 

La OFP en la mira

 

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Las mujeres de la OFP se convierten en voces incómodas para los paramilitares que las ponen en su punto de mira. Se realizaron 148 hechos de agresión contra la OFP y sus integrantes: asesinatos, amenazas, desapariciones, atentados, torturas, violaciones, estigmatización, señalamientos,  desplazamiento.  El compromiso político de estas valientes mujeres afecta sus vidas y las de sus familias, que también son amenazadas y castigadas en una suerte de castigo colectivo. Yolanda no fue una excepción.  “Mi familia ha tenido que asumir costos por mi compromiso por la vida. Desafortunadamente, por ejemplo, tengo una hermana que tuvo que desplazarse, fue amenazada y casi la asesinan por mi trabajo, porque esa era la forma de hacerme daño.  Pero jamás, jamás en la vida, me ha hecho un cuestionamiento.  Mi madre también tuvo que salir. Cuando yo no me podía ni mover un 31 o un 24 de diciembre porque tenía que estar encerrada por seguridad, mi familia se encerró conmigo y lo vivió. Mis hijos también han sido muy cómplices y han asumido la vida como les ha tocado en medio del conflicto. Gracias a Dios logré protegerlos. Hemos vivido momentos difíciles como no poder compartir los escenarios cotidianos del colegio con ellos, porque el mismo colegio me decía: Yolanda, tranquila, no venga que nosotros sabemos. Porque mi presencia era volver vulnerable a otros. Ha sido doloroso pero nunca me he sentido ni rechazada, ni culpabilizada por mi familia, como sí les ha pasado a muchas mujeres dirigentes. Yo he sido una afortunada en ese sentido”, asegura.


Echando la vista atrás Yolanda reconoce que no alcanza a entender cómo un grupo de mujeres pudo asumir retos tan grandes a nivel político con el simple apoyo de su firme compromiso de proteger la vida y el territorio y defender un proyecto político social.

 


Nuevos retos

 
La OFP alerta de que la violencia y los asesinatos continúan en la ciudad. Bajo otros nombres como los Rastrojos, los Urabeños o las Águilas Negras siguen sembrado el temor en Barrancabermeja. Según un informe del Observatorio de Paz Integral del Magdalena Medio, publicado en mayo de  2013, el 60 % del territorio está controlado por los Urabeños.

 

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Tantos años de resistencia han dejado debilitadas a las organizaciones sociales de Barrancabermeja.  De alguna manera, tantos años de horror han naturalizado la muerte haciendo aún más difícil seguir denunciando una violencia que permanece enquistada en esta ciudad de Santander. “Muchos hablan ya de post conflicto en Colombia y mucha cooperación sale de la zona parcial o definitivamente;  Naciones Unidas y la Unión Europea. Ya no es tampoco un territorio prioritario para mucha gente, por lo tanto eso minimiza todo lo que pasa. Yo siento que para muchos han logrado el objetivo. Ya el petróleo sí se puede explotar, las minas están allí, el caucho está bien posicionado, la palma también… Y en este tema de derechos humanos la denuncia se vuelve más difícil”, se lamenta Yolanda.

 
Esta mujer colombiana, que con su determinación, dignidad y firmeza rompe todos los esquemas estereotipados de una víctima, ha recorrido un largo camino desde los tiempos en los que no entendía por qué las mujeres debían crear organizaciones. “Creo que en una sociedad machista y en una sociedad con brechas de desigualdad tan fuertes,  las organizaciones de mujeres son necesarias para la reconstrucción y la construcción de un modelo con equilibrio en temas de equidad, justicia y derechos. Yo he aprendido que, si en cualquier propuesta de desarrollo o cualquier propuesta de modelo de Estado, las mujeres no estamos efectivamente va a ser muy difícil cambiar este tipo de sociedades creando nuevos paradigmas. No creo que haya que construir sociedades únicamente para las mujeres, pero tampoco sociedades únicamente para los hombres que es lo que siempre se ha construido. Una sociedad para hombres y mujeres crearía otro modelo de Estado que permitiría lograr una cosa chiquitica pero tan difícil… La felicidad”.


 

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